Fragmentos de la novela

mike blackness

PARTE I………………………………………………………………………………… 7
Mike…………………………………………………………………………………….13
Antes, mucho antes…………………………………………………………………… 41
La Mutación sincopada del camaleón………………………………………………. 49
Hanna…………………………………………………………………………..……… 61
El último gran golpe del Holandés…………………………………………………… 93
La señora Azul, el Sapo, el pequeño Butch………………………………………… 113
La noche es algo más que la noche del poeta. Del día al día siguiente ……….. 161
PARTE II………………………………………………………………….……………. 165
Ese zumbido tan fuerte que te precipita hacia lo más profundo………………..167
El eje transversal: La búsqueda de las coordenadas del bucle del psicópata .. 175
El Sonámbulo…………………………………………………………………………..191
Quid pro quo……………………………………………………………………………197
Que merezca la pena jugarse la vida……………………………………………….. 201
Los gemelos……………………………………………………………………….……203
Milford, infiltrado, tras la estela de Santo Gabriel……………………………….… 213
Perseguido, perseguidor……………………………………………………………… 225
Vodka y Whisky………………………………………………………………………… 235
Buscando a Peter……………………………………………………………………… 253
Santo Gabriel recibe una visita inesperada………………………………………… 265
PARTE III…………………………………………………………………………………. 277
En el Valhalla Dimensional……………………………………………………………. 279
Peter……………………………………………………………………………………. 311
En el Valhalla Dimensional. Continuación………………………………………….. 317
Cómo desaparecer sin dejar rastro…………………………………………….…… 337
En el Valhalla Dimensional. Continuación de la continuación……………………. 351
Moratoria……………………………………………………………………………..… 357
En el Valhalla Dimensional. El Ragnarök……………………………………………. 377
PARTE IV……………………………………………………………………………….. 391
El Sujeto 237. El origen………………………………………………………………. 393
El Valhalla Dimensional no era el infierno…………………………………………… 401
Un momento que ni pintado para un flashback…………………………………… 405
El Hipnotizador………………………………………………………………………… 409
Encuentran el cadáver de la última víctima. No es Hanna……………………….. 421
El Hipnotizador (Segunda parte)…………………………………………………….. 425
Confluencia extraña en un apartamento de Nueva York…………………………. 443
Mike tras la pista de Hanna………………………………………………………….. 449
Intersección de líneas temporales…………………………………………………… 455
Mike y Hanna…………………………………………………………………………… 473
PARTE V………………………………………………………………………………… 483
La Llamada del Sonámbulo…………………………………………………………… 485
Jugando al gato y al ratón…………………………………………………………..… 495
Los ejércitos se preparan para la batalla……………………………………………. 501
En la mente del asesino…………………………………………………………….…. 527
La batalla final……………………………………………………………………….…. 531
EPÍLOGO I La Singularidad y el Sujeto 237…………………………………………. 571
EPÍLOGO II Deus ex machina.……………………………………………………….. 589

Hanna y Mike se sientan en una mesa libre, situada en una zona estratégica desde la que se controla todo el local y, al mismo tiempo, la puerta de entrada/salida. El lugar está oscuro y desangelado, se trata, efectivamente, de un bar de mala muerte. Las sillas son de madera, incómodas, las mesas, también de madera, están sucias, pringosas, tapizadas por una suciedad antigua, salpicadas de profundos arañazos y marcas y nombres e insultos grabados a cuchillo. El suelo de linóleo desprende un inconfundible olor a desinfectante, parece fregado con matarratas. Hay una escupidera en cada esquina, todas a rebosar de un liquido viscoso, tornasolado, es algo tan repugnante que podría hacer vomitar a un buey.
Solo faltan un par de murciélagos dormitando boca abajo, colgados de los ventiladores, que no funcionan.
No debe de haber un sistema de ventilación alternativo: el aire es casi irrespirable, el humo de cigarro es tan denso que parece niebla. Las cortinas, tan acartonadas que semejan un puzzle al que le faltan varias piezas, son de un gris oscuro moteado de un gris aún más oscuro; pudieron haber sido blancas en otro tiempo. El lavabo está tapiado, lo han rellenado de hormigón, hacía años que nadie se atrevía a entrar allí. En la barra se amontonan vasos y platos sin lavar y la oferta de alcohol, variada donde las haya, se limita a ginebra y aguardiente en botellas rellenadas con un embudo mugriento que anda por ahí.
El whisky es de la casa, hay un pequeño alambique detrás de la barra (por la gota de líquido que rezuma regularmente, persistente, agotadora, en un recipiente metálico, parece que funciona). También hay cerveza pero, al parecer, es un brebaje no recomendable, según los habituales del local.
Un pinche cocinero mejicano, casi siempre borracho, duerme en la despensa.
A veces, cuando se despierta, se sirven comidas, fritos y refritos, si alguien está tan desesperado que se atreve a pedir algo. El riesgo de intoxicación alimentaria en ese local no es un riesgo, es un hecho comprobado, irrefutable; el Sepulturero Mayor pasa cada noche por allí a ver qué recoge.
El tipo que gestiona ese inmundo local es un hombre sin nariz, tan grotesco y deformado que nadie ha osado nunca mirarlo a la cara. Las malas lenguas dicen que se hizo extirpar el apéndice nasal para no tener que oler las inmundicias que genera su negocio. Lo cierto es que le arrancaron la nariz de un mordisco en una reyerta; no se sabe cómo acabó el otro. Jamás se mueve de detrás del mostrador, parece clavado allí como una estaca (en ese bar no se sirve nada en las mesas, hay que pedir en la barra) y nunca habla con los clientes, tan sólo se le escucha un murmullo ininteligible, una letanía inacabable como si estuviera hablando permanentemente con el más allá, pero sin articular los labios, como un ventrílocuo poseído o como un robot defectuoso.
En cualquier caso, a día de hoy nadie ha sido capaz de confirmar su naturaleza humana.
La clientela de este bar es de lo más distinguido: vagabundos y borrachos, el tipo de cliente que no aceptarían en ningún otro lugar. Disminuidos físicos o psíquicos, filósofos y literatos adictos al crack, heroinómanos, putas sifilíticas. Almas perdidas o casi. Paisanos aterrorizados que han llegado hasta este hediondo lugar para esconderse de algo o de alguien, quizás de sí mismos. En fin, gente que ha venido, arrastrándose, a morir allí o que ya venía finiquitada de origen.
Suena una música country insufrible.

Concluido ese breve momento de calma antes de la tempestad, la niña dio dos pasos en dirección a uno de los verdugos y en un instante se plantó delante de él; el habitáculo era minúsculo. El tipo permanecía allí sonriéndole como un imbécil, como vanagloriándose de lo que había hecho, con la espada todavía en la mano, el filo goteando sangre. Aprovechando que aquellos asesinos no la consideraban amenaza alguna, la niña, en realidad una máquina de matar que, como una granada de mano a la que le acaban de quitar la espoleta, estaba a punto de estallar, destrozando a toda aquella manada de criminales, le arrebató de la mano la espada con inusitada rapidez y, con gran destreza y de un solo movimiento, puro, firme, preciso, perfecto de ejecución, le seccionó la cabeza al cortador de cabezas. Antes de que aquel cuerpo sin vida acabase de desplomarse, ella, moviéndose con una agilidad mortal, mezcló la sangre por tercera vez en la hoja de aquella espada, clavándosela en el corazón al segundo asesino que había dejado olvidada la suya en el pecho del anciano.
Como la primera bailarina de un ballet macabro y economizando movimientos como sólo un soldado bien entrenado sabe hacer, extrajo el sable de la caja torácica del segundo verdugo, certificando así su muerte, y se plantó en el dintel de la puerta que, como un lienzo, mostraba a tres de los ocho restantes abriendo los ojos y la boca desmesuradamente; tres versiones del grito de Munch. Mientras que a su espalda el cuerpo sin vida del segundo caía a plomo y su cabeza (que aún no se sabía cabeza de un muerto) se estampaba por el lado de la sonrisa contra la esquina del escritorio de madera de la estancia, provocando que algunos dientes saltaran de la boca reventada y cayeran como cuentas de un collar rebotando fastidiosamente contra la madera vieja pero pulida como el mármol del suelo, ella agujereaba cabezas. Acometiendo de atrás hacia adelante, como dando puñaladas pero con un cuchillo sobredimensionado, la niña clavó la espada en el cuello del primero de los colaboradores en la ejecución de su maestro, que aún sin haber empuñado un arma, reclamaban su lugar en el paraíso. Aquella garganta no había sido capaz de producir un maldito sonido mientras su dueño observaba, aterrorizado, la escena que se había desarrollado delante de él, y no tendría ocasión de desquitarse, había enmudecido para siempre jamás. Dentro del mismo y armonioso movimiento, ella extrajo con facilidad la espada de aquel cuello, convertido de esa manera en un fantástico surtidor que dejó empapada de sangre su cara y sus ropas y, acto seguido, la insertó en uno de los enormes ojos del sujeto que estaba justo al lado de aquel y desclavarla a su vez, no sin dificultad, para, finalmente, incrustarla con todas sus fuerzas en el cráneo del tercero de los situados en primera fila del espectáculo acontecido en aquella habitación.
Ahora sí, rompiendo por fin el increíble silencio que habían mantenido, petrificados, en un absurdo estado de shock impropio de unos asesinos que se han reunido para matar, para acabar con la vida de alguien en plena noche, y después de presenciar como cinco de sus compañeros habían muerto fulminados en apenas veinte segundos a manos de aquella arma letal en forma de niña con pantalón de pijama y camiseta, los supervivientes reaccionaron: gritos de terror y estampida.

Hay algo que tienen en común el Agente Especial Mike Blackness y el Sujeto 237.
Y no es el hecho de que ambos tengan las manos manchadas de sangre. Sí, ambos matan, pero no es comparable. El Sujeto 237 asesina a pobres mujeres indefensas y saquea sexualmente sus cuerpos ya sin vida y lo hace porque es un enfermo mental, un psicópata serie prémium o alguien que ha perdido todo aquello que caracteriza a un ser humano. Ese ser infecto y despreciable se ha convertido en un depredador atroz que caza seres humanos para destrozarlos sin piedad, un monstruo infame que vive para destruir vidas humanas y que disfruta con ello. El diagnóstico es inapelable. Y no tiene cura. O sí la tiene. Sólo una.
Un tiro en la cabeza antes de que cambie de fase.
En cambio, el Agente Especial Blackness mata porque es su deber. Su trabajo consiste, precisamente, en eliminar a esos asesinos psicópatas. Y hacerlo lo antes posible, con la mayor diligencia, para que dejen de segar vidas humanas. Y al Agente Especial Blackness no le gusta su trabajo. Si alguna vez disfrutó con ello eso ya se acabó. Tantas muertes han pasado factura. Ahora es un hombre atormentado que preferiría no tener que hacer lo que hace: aniquilar a esos seres de cerebro deforme. Pero tiene que hacerlo, no puede desentenderse. Imposible eludir su responsabilidad. No puede decirse a sí mismo que otro ya hará su trabajo. Resulta que no hay nadie más que pueda hacerlo.
Esa es la cuestión.
No existe prácticamente nadie más porque Mike es especial. Es diferente a la inmensa mayoría de la gente. Y esa diferencia, muy a su pesar, le acerca al Sujeto 237. Ellos dos son diferentes en la misma medida. O casi.
El Agente Especial Blackness y el Sujeto 237 no viven su vida en un único universo como el resto de la gente. Los habitantes de este mundo viven una vida lineal, en una única dimensión. Cuando llega la noche o es la hora de ir a dormir, pues, lo hacen, desconectan y le dan a su cerebro el necesario descanso. Y al día siguiente se despiertan y la vida sigue igual. Quizás haga sol o esté lloviendo o tal vez hayan pasado una mala noche o el día anterior haya sido el más feliz de su vida. Pero la vida sigue exactamente donde la dejaron antes de cerrar los ojos. No hay mayor complicación. Para el Agente Especial Blackness y el Sujeto 237 la cosas no son tan sencillas. Ellos se despiertan cada mañana en un universo diferente.
Su realidad ha cambiado.
En ocasiones, tan sólo se trata de pequeños cambios. Imperceptibles. La mayoría de las veces, su vida y la vida de la gente que les rodea han variado completamente. Han tomado otros derroteros.
Las personas de este mundo tenemos una falsa idea de control. Pensamos que controlamos nuestras vidas, que quizás tenemos un destino. Qué equivocados estamos. Y lo entiendo. Lo entiendo perfectamente. Necesitamos creer que lo tenemos todo controlado, que dependemos de nosotros mismos, que nada ni nadie nos apartará de nuestro camino. Si no fuera así, nos convertiríamos en seres anodinos, miedosos, no nos atreveríamos ni a salir de casa. Pero la realidad es bien diferente. Dependemos en gran medida del azar, de las circunstancias, de las casualidades, de terceras personas, de los fenómenos de la naturaleza. Existen miles, millones de variables que determinan que cada día de nuestra vida pueda convertirse en un punto de inflexión y cambie nuestro futuro para siempre. Una mañana pierdes un tren, llegas tarde al trabajo y te despiden. Después de dar muchas vueltas finalmente acabas en otro lugar, en otra ciudad, en otro país, con gente diferente a tu lado. Quizás más feliz. O quizás otro desgraciado solitario más, perdido en una gran ciudad. Llegas diez minutos más tarde a un local de lo que tenías previsto y a la persona que estaba destinada a ser tu pareja para el resto de tu vida, no la llegas ni a conocer. Y todo cambia. Un semáforo se pone en ámbar, apuras el paso sin mirar para cruzar (esa prisa estúpida que nos persigue a todas partes, producto de esta sociedad acelerada), y el conductor de un coche, un inconsciente que recibe un mensaje en el móvil, que desvía la mirada involuntariamente para saber quién le escribe (esa enfermedad que padecen tantas personas que les obliga a mirar constantemente las pantallitas de esos artefactos móviles), no te ve y tu historia acaba allí, debajo del vehículo, encajado entre sus ruedas.
De esas infinitas posibilidades, a las personas, digamos, normales, sólo nos toca vivir una. Que nosotros sepamos, sólo hay un universo. Esos otros universos paralelos no existen para la inmensa mayoría de la gente.
No ocurre así para el Agente Especial Blackness y para el Sujeto 237 y para otros como ellos. Ellos viven en el Multiverso, un mundo con múltiples realidades. Reciben el nombre de dimensionales y cuando se duermen, cuando su cerebro entra en la fase REM, es como si una criatura celestial echara los dados y de los infinitos universos posibles, se eligiera uno al azar. Y cada mañana, o cada vez que se despiertan después de haber dormido, su realidad ha cambiado, su vida ha cambiado.
Tiene que ser duro.
No parece una vida fácil. Si a cualquier persona de repente le sucediera lo que les pasa a los dimensionales, que cada mañana se despertara en un universo diferente, no sería de extrañar que perdiera la cabeza, que se volviera loco. ¿Cómo podría sobrellevar ese continuo cambio de dimensión? De hecho, mirándolo desde esa perspectiva, no es tan raro que el Sujeto 237 sea un psicópata asesino. ¿De no ser un dimensional, sería un psicópata igualmente o se ha convertido en un asesino en serie precisamente porque su cerebro no ha podido aguantar ese continuo cambio de realidad en el transcurso de su vida?
En todo caso, lo extraño es que el Agente Especial Blackness no haya desarrollado una patología similar. Que Mike sea una persona oscura, deprimida, que lleve una vida desordenada, que no sea capaz de tener una familia, que beba hasta perder el conocimiento, no debería sorprender en absoluto. Lo que sería inverosímil es que fuera un tipo feliz, con una hermosa familia y un buen trabajo. Un individuo plenamente integrado en la sociedad.
Eso no se lo creería nadie.

Como aún nos queda tiempo antes de que deje de freírte con esta miserable arma que, desde mi punto de vista, carece completamente de dignidad, al menos, voy a intentar mantenerte entretenido. Te contaré una historia que, básicamente, trata de cómo he conseguido capturarte. Los dos somos profesionales, aunque en bandos diferentes, así que estoy seguro de que valorarás en su justa medida la estrategia que he seguido para capturarte en primera instancia y para hacerlo sin llegar al extremo de matarte. En realidad, soy un gran admirador tuyo. Eres un fino estilista y algunos de tus robos han sido memorables. Sé apreciar la precisión, la rapidez de ejecución y la sencillez y elegancia de tus atracos, eres un auténtico crack, no hay duda, aunque, claro, ese par de brillantes bellezas nacaradas que utilizas, dijo Mike señalando las dos pistolas automáticas que seguían en el suelo entre él y el Holandés, son un buen reforzador de actitudes, ya me entiendes. Por otra parte, hay que reconocer que como dimensional tenías muchas ventajas con respecto a la gente normal, grandes capacidades que, joder, ya podías haber utilizado para hacer algo de provecho, alguna cosa por los demás, en vez de pasarte la vida autocomplaciéndote y dedicándote a comprar las chorradas más lujosas y estúpidas que has podido encontrar. Ya ves de qué te ha servido toda esa mierda. Puto materialismo que nos rodea. Esta sociedad me tiene asqueado, te lo digo de verdad. Tengo muy poca confianza en la raza humana. Me veo obligado a beber hasta reventar para aguantaros a vosotros y para soportarme a mí mismo.
Pero esa es otra historia.
Nunca has matado a nadie, continuó Mike con su monólogo, el Holandés no iba a interrumpirle, eso estaba claro. Y te respeto por ello. Y es por esa razón que aún continúas con vida. He de confesarte que mis órdenes eran capturarte vivo o muerto aunque preferiblemente vivo, pero en esa misma orden se especificaba que en el caso de riesgo de fuga debía acabar con tu vida sin dudarlo. Como estoy harto de matar a gente y me tomo muy en serio mi trabajo, tuve que estudiar a fondo tu expediente y me empapelé todo lo que había en la red acerca de tus grandes golpes, buscando algo a lo que agarrarme, alguna cosa que me diera la opción de atraparte. Y, lamentablemente para ti, la encontré.
Como tantas veces en la vida, nuestras mayores virtudes son también nuestros mayores defectos. Después de repasar tus atracos, uno por uno, de estudiar minuciosamente tu modus operandi, de intentar meterme en tu cabecita, llegué a algunas conclusiones muy interesantes, de hecho, vitales para tu captura. Es cierto que robas por dinero, para comprarte lujosos juguetes y mantener ese fabuloso tren de vida que llevas, pero no me engañas. Con tus extraordinarias capacidades podías haber triunfado al otro lado de la ley. La auténtica verdad es que te encanta robar, te vuelve loco atracar bancos.
¿¡Pero quién coño roba bancos hoy en día!?
Estamos en la edad de oro de internet, del pago con tarjeta de crédito, con móvil; ¡han inventado hasta el Bitcoin! ¡Macho, entérate ya! ¡Pero si ya no quedan oficinas bancarias, las han cerrado casi todas! Sólo tú te dedicas a robar bancos, ¡te has convertido en un auténtico anacronismo! Y lo haces para deleitarte con la cara de perplejidad de la gente, oler el miedo de esos pobres cajeros y de esos clientes anónimos que se ven atrapados en ese espacio-tiempo que tienes tan bien calculado. Sé perfectamente que te pone cachondo elaborar estrategias y llevarlas a cabo sin desviarte ni un milímetro. Sí, lo sé, eres un perfeccionista. Todo tiene que salir según lo previsto, tal como lo has diseñado, planeado, etc. Eres un maniático. Y muy testarudo, más terco que una mula.
Por eso lo supe.
En tu expediente, en la red, en los periódicos, en todas partes siempre se remarcaba que habías triunfado, que todos tus atracos habían sido un éxito, que te habías salido con la tuya en todas las ocasiones. En todas las ocasiones menos en una, Holandés. Intentaste robar un banco, ¡este banco!, cinco años atrás y no lo conseguiste. De repente, se hizo la luz. Lo vi claro. Tan claro como te estoy viendo ahora, brillando en esta semioscuridad. Tu intención era volver a intentarlo.
¡Ibas a volver a atracar el mismo banco!
Pero en ese momento tan sólo tenía a mi favor mi poderosa intuición basada, eso sí, en el estudio que había realizado de tu personalidad y de tu historial delictivo. Todo me lo confirmaba: tu testarudez, tu manía perfeccionista, tus ansias de demostrar que eras el mejor. Sí, tu ego te traicionó. No podías permitir esa mancha en tu currículum. No lo podías soportar. Tenías que volver y triunfar aquí también. No había opción.
Cada uno es como es.
Llegado a este punto de mi investigación, una vez desvelado el dónde y el porqué, la cuestión que quedaba pendiente era el cuándo. Y eso, mi querido amigo, eso fue lo más fácil. Enseguida detecté el envío de dinero proveniente del casino previsto para hoy y la intuición se convirtió en certeza.
Y aquí estamos tú y yo.
Y estamos unidos por este rayo de electricidad que tanto te está martirizando. Aunque, en realidad, no sé qué castigo es peor, la electricidad o el rollazo que te acabo de largar sin piedad. Perdona mi verborrea, pero es que pocas veces tengo la ocasión de explicar a mis detenidos cómo he llegado hasta ellos, de vanagloriarme, de pavonearme si quieres. Nuestra relación suele acabar fatal: el cadáver de un puto asesino dimensional, retirado para siempre del Multiverso y yo, mirándolo, asqueado, agotado, vacío. Y ya te lo he dicho, pero te lo volveré a decir, aún no ha llegado el momento de hablar con los muertos.
Y no se te ocurra pensar ni por un momento que toda esta electricidad con la que te estoy chamuscando las pelotas es algo gratuito. Era la única alternativa que he encontrado a meterte un balazo en la cabeza. Hace tan sólo tres horas que me adjudicaron tu captura y me pasaron tu expediente y he contado exclusivamente con ese tiempo para atraparte. No es que quisiera batir ningún récord, es lo que hay.
Aquí siempre se trabaja bajo presión.
Y, ¿sabes lo qué me he encontrado al estudiar a fondo tu vida y tu obra? Pues una serie de hechos comprobados y la escasa probabilidad de que se dieran todos a la vez y durante un periodo de tiempo extraordinariamente prolongado como son tu imbatible racha de éxitos, la precisión absoluta en casi todos tus golpes, la ausencia de errores, la nula aparición de imprevistos, el hecho de que nunca te hayan herido y que jamás te hayas visto obligado a disparar esas preciosidades tuyas anacaradas contra ningún inocente, que la policía no se haya presentado ni una sola vez a tiempo para pillarte o como mínimo para ponerte en aprietos, etc., etc., etc. Todo ello y, por supuesto, mi experiencia previa con todo tipo de dimensionales, me ha llevado a pensar que tienes una capacidad dimensional fuera de lo común. De alguna manera, tienes la facultad de cambiar de universo a voluntad.
Y estoy razonablemente seguro de que esos universos son prácticamente idénticos o consecutivos o algo así, y lo mejor de todo, ya que sin ello lo demás no te sirve para nada, es que con cada salto de universo que das, consigues ganar algo de tiempo. Casi con toda seguridad se trata tan sólo de algunos segundos, pero, en cualquier caso, más que suficiente para garantizar el éxito en cualquier cosa que te propongas.
Resumiendo, siempre tienes una segunda oportunidad para enderezar las cosas, para cambiar algo que no ha funcionado, para fulminar la bendita casualidad, para eliminar el maravilloso azar de la ecuación. Vamos, que puedes reescribir tu historia a cada paso que das. Y gozas de una tercera oportunidad, y de una cuarta, una quinta…
¡Eres un auténtico fuera de serie!
Y en vez de dedicarte a ser, yo que sé, Presidente de los Estados Unidos, Papa de Roma o Superman te has contentado con ser un atracador de puta madre.
¡Olé tus huevos!
Lo que yo tengo que soportar en este mundo dimensional no lo sabe nadie. No sé qué es peor, enterarme de la existencia de personajes como tú o enfrentarme con los psicópatas y asesinos con los que desgraciadamente tengo que bregar tan a menudo.
Y, como podrás suponer, esta descarga eléctrica, con la que llevo embadurnando todo tu ser desde hace casi diez minutos, no tiene como fin torturarte por ser un chico malo y haber desaprovechado las infinitas posibilidades que te ha brindado la vida. Ni es un preludio del infierno que te espera, ya que es muy posible que te encierren para siempre y dudo que haya algo que te aterrorice más que pasar el resto de tu vida en la cárcel.
No tiene nada que ver con eso.
Sencillamente, era la única manera que se me ha ocurrido para evitar que saltaras de universo en universo y te dieras a la fuga. Algo tan sencillo como hacerte perder el conocimiento, dándote un buen porrazo, no era una opción. Quién me dice que al despertarte lo haces como cualquier dimensional del montón en un nuevo universo, libre como un pájaro, encarcelado en este universo y tan campante en los demás para seguir con tu carrera delictiva. Olvídalo.
Antes te pego un tiro.
Después de exprimirme mucho el cerebro llegué a la conclusión de que debía mantenerte despierto pero sin la capacidad de actuar. Que no pudieras tomar siquiera la decisión de cambiar de universo y huir. Y entonces surgió la idea de la electricidad.
Ya ves, se me encendió la bombilla. Me pasa a veces.
Es una putada para ti, pero reconoce que es una idea brillante. Vale, es doloroso de cojones pero te mantiene el suficiente tiempo despierto y sin poder escapar. ¿Cuánto tiempo? Ah, eso era lo complicado y seguramente te he hecho sufrir más de lo necesario. Pero es que no me podía arriesgar. Decidí que con diez minutos era tiempo más que suficiente para que se cerrasen todas las ventanas y no tuvieras la más mínima ocasión de enlazar saltos dimensionales hasta poder escapar de esta realidad, de este banco, de mí.
Ya está. Se acabó. Finito, dijo Mike, desconectando la pistola eléctrica. Diez minutos justos, tal como te dije, Holandés. Soy hombre de palabra.

Sí, es Peter.
En realidad, nadie le conoce pero nosotros sabemos que es él. Los Agentes Especiales Mike Blackness y Hanna Spiukah todavía no son conscientes de la importancia trascendental de ese hombre asustado
Sus ojos brillando de terror a través de la niebla le delatan y el primero en reaccionar, o eso creemos, es el cuarto jinete, el último en llegar. Se levanta de la silla al mismo tiempo que desenfunda su revolver y apunta a Peter. Hanna saca su automática y le apunta una décima de segundo después. Tarde. Suena un disparo. Uno solo. Resuena como un cañón en la atmósfera opresiva del local. Pero Peter sigue ahí. Y aún respira, a pesar de que la burbuja de pánico que le envuelve y que oprime su pecho salvajemente amenaza con ahogarlo. Pero está vivo, porque el asesino que ha venido a matarlo, atraído por el pregón nocturno de bar en bar de Mike, ha perdido la cabeza. Literalmente. Al menos, una buena parte de ella. Mientras que el resto de su cuerpo inicia ya el descenso hacia el infierno o, como mínimo, hacia el suelo, atraído por la fuerza de la gravedad, los sesos y la sangre de esa cabeza destrozada salen despedidos como un escupitajo, atraviesan la neblina y se le pegan en el rostro a uno de los zombies del local que, ahora ya sí, con el atrezo adecuado, puede dedicarse a asustar y asustarse a sí mismo. El tipo se toca la cara, llena de sangre y restos humanos, y aullando como un coyote se dirige a… ¡No, por Dios! El muy hijo de puta se lanza a la escupidera y ¡pero, qué asco! ¿se lava? la cara con toda esa mierda que parece una mezcla de clara de huevo podrido y placenta de ratón y después, muy convenientemente, vomita.

Vidas cruzadas.
En este mundo todo está interrelacionado. Cuando la señora Azul por fin se despierta, el pequeño Butch ya hace rato que está haciendo de las suyas.
Están en el mismo universo.
El Sapo, por su parte, se dispone a echar una cabezada, es, lo que se dice, un animal nocturno. A él no le hables de madrugar, se va a dormir cuando la gente normal se levanta.
Pero, claro, ¿quién es normal?
El Sapo no, desde luego. Cuando se despierte, dentro de un rato, lo hará en otro universo.
Precisamente en el mismo universo donde la señora Azul acaba de incorporarse de la cama. La señora Azul, en realidad, no se llama así, tiene un nombre de lo más corriente, tanto, que nadie se acuerda nunca de él. Y optan por lo fácil, por llamarle la señora Azul.
Porque es azul.
A ver, no es que sea azul, no se trata de una mutante. Es un poco azul. Tiene algo raro en la piel, un tono azulado, y todo el mundo le llama la señora Azul.
Ella ya se ha acostumbrado.
Ha llegado un momento que hasta le gusta.
Hace mucho tiempo ya que no responde por su antiguo nombre. Siempre se presenta como la señora Azul.
A pesar de que, un poco más arriba, la señora Azul y el pequeño Butch aparecen en la misma frase, en realidad no se conocen de nada. Al menos, de momento. Más tarde, quién sabe. Lo importante no es como empiezan las cosas, sino como acaban.
Con el pequeño Butch ocurre algo totalmente distinto. Todo el mundo le llama el pequeño Butch, eso es cierto.
Pero, de pequeño, nada.
De hecho, es un grandullón. Un gigante. Lo que ocurre es que era el quinto hijo de un matrimonio de profesores de instituto de Boston, que nació un poco a destiempo. De rebote. Vamos, que no le esperaban. Y sus hermanos, en realidad, sus cuatro hermanas, eran mucho mayores que él. Y, para ellas, que lo adoraban, siempre fue el pequeño Butch. Sus padres también acabaron llamándole así, y en el colegio la tradición continuó. Para cuando llegó a secundaria, todo el mundo le llamaba el pequeño Butch, aunque les sacara un palmo de alto y de ancho a todos los demás chicos. Él nunca se lo tomaba a mal. Teniendo en cuenta que era un coloso, la cosa tenía su gracia. Cuando los amigos le presentaban a las chicas como el pequeño Butch, ellas flipaban.
Era una manera de romper el hielo.
De todas maneras, el pequeño Butch tenía otras cosas de las que preocuparse.
De no volverse loco, por ejemplo.
Hay algo que tienen en común la señora Azul, el Sapo y el pequeño Butch, y es que los tres son, obviamente, dimensionales. Si nos pusiéramos a buscar, seguro que encontraríamos muchas más cosas en las que son coincidentes, por ejemplo que los tres viven en Nueva York, que votan al mismo partido político o que pertenecen al reino de los vivos, pero son detalles que, en este momento, son irrelevantes. También podríamos hacer notar que a los tres les afectó poderosamente el estrechamiento del Multiverso que se produjo hace una década.
Eso es relevante.
Como a tantos otros dimensionales, la Singularidad les cambió la vida y les llevó por unos caminos que, quizás, no eran los previstos inicialmente por ellos.
La vida da tantas vueltas.

El Agente Especial Blackness intenta pensar, concentrarse, pero no resulta fácil cuando, a pocos metros de ti, hay gente disparando contra todo y contra todos. Hay duelos cara a cara por doquier en la calle, pero otros disparan contra las ventanas, contra las sombras, contra cualquier cosa que se mueva. Y las detonaciones se acercan peligrosamente. En ese mismo edificio hay gente disparándose por las escaleras, tan cerca que parece que los duelistas estén dentro de su cabeza. Mike se retira un momento de la ventana que da a la calle para dirigirse a la ventana trasera y es un acierto porque, en cuanto se retira, los cristales de la ventana que ha abandonado estallan. Alguien ha disparado varias veces contra su apartamento. Y los disparos en el rellano se acercan. Ya están en la puerta. La situación se está volviendo insostenible. Pero todos sabemos que las cosas siempre pueden empeorar.
Fuego.
Sí. El inconfundible olor a humo se cuela por las rendijas de la puerta de entrada. Algún pirómano descerebrado se aburría con tanta pistolita y ha prendido fuego al edificio.
Genial.
Mike se dirige a la ventana trasera y, ¿qué ve?, pues no gran cosa, porque no hay calle de ese lado. El edificio da directamente al lago artificial, algo así como un acantilado gris con ventanas amarillas construido por ingenieros ex dimensionales fundadores del Valhalla Dimensional.
Entre la espada y la pared.
Exactamente. Mike se encuentra ahora mismo entre el fuego y los tiros al otro lado de la puerta y el acantilado, el lago artificial, tres pisos más abajo.
Fuego y agua.
Y Mike se pregunta qué debe hacer. Se queda en blanco. Ah, esa indecisión, amigo mío, te puede matar. Por un lado tienes unos pistoleros esperando para dispararte, para descerrajarte un tiro, si aún respiran, y tras ellos está el fuego, fuego puro, el edificio se ha incendiado. El humo ya entra masivamente por debajo de la puerta, que arde, que se comba, que hace ruidos frenéticos que avisan de la potencia abrasadora que hay del otro lado. O sales pronto de ahí o no saldrás jamás. Para cuando el fuego lama tu piel, derrita tu carne, tus pulmones ya se habrán colapsado, tu corazón habrá dejado de latir. Ya serás historia. Historia fundida con la historia de otros.
El inmovilismo, el efecto conejo (quedarse petrificado, sin moverse, sin tirar “ni p’alante ni p’atrás”) no es una opción. ¿Queda claro? Opciones, dos: te envuelves en una manta, abres esa puerta ardiente, te enfrentas a los pistoleros, si aún siguen ahí, atraviesas las llamas sin quemarte vivo, sales a la calle, al Ragnarök, y vuelves a respirar, pero no aire puro, es aire contaminado, putrefacto, lleno de pólvora, muerte y destrucción, tropiezas con los cadáveres que decoran la calle, te embadurnas las suelas de las botas con la sangre que corre por el asfalto como si este fuera un manantial del infierno, disparas y te disparan, vives o mueres, matas o matas, cruzas el puente o no consigues cruzarlo, alcanzas la compuerta de salida o no la alcanzas, pero es igual porque no puedes salir, la Moratoria se alarga hasta el infinito. No podrás dejar atrás el Valhalla Dimensional. No podrás salvar a nadie. A Hanna. Ni siquiera podrás salvarte a ti mismo.
Interesante apreciación. Duro baño de realidad. Advertencia recibida. Amenaza registrada.
Resumiendo: esta opción no es una opción.
Mike abre la ventana trasera, elige la cara B, marca agua en el casillero. Se encarama al marco de la misma y suspira. A veces no tomas tú las decisiones trascendentales, a veces otros las toman por ti. Y no importa qué o quién lo haga, el azar, las circunstancias, un asesino apuntándote a la cara o una mujer diciéndote adiós para siempre, tú te veras abocado a lanzarte al torrente de los hechos, sin paracaídas, el pasado pasando rápidamente, en viñetas, por los ojos de tu cerebro, el presente vibrando, el futuro incierto.

Pocos le conocen.
La mayoría no sabe de su existencia.
Algunos tratan con él por el día, cuando lleva una existencia, digamos, normal.
Casi nadie está al corriente de su nocturno deambular.
No existe una sola persona en este mundo que pueda ni tan sólo intuir su importancia en esta historia. Ni él mismo lo sabe. Me estoy refiriendo al Sonámbulo.
El Sonámbulo no existe durante el día, pero, por la noche, viaja por el Multiverso, de dimensión en dimensión. Nadie sospechará jamás lo rica que es su vida cuando todos duermen.
El Sonámbulo se llama, en realidad, Normand Némbulus, vive en Nueva York, es cartero y está soltero. Tiene un perro. Es un Akita Inu. Es precioso. Y lo adora, se adoran mutuamente. Durante el día Normand es una persona completamente normal.
Vamos, que no es dimensional ni nada de eso.
Es durante la noche que la cosa degenera. Es sonámbulo. Un sonámbulo muy especial. Cuando Normand, dormido, se levanta de la cama sonámbulo se convierte en dimensional. Una cosa bien extraña. Y es entonces que el Sonámbulo viaja de dimensión en dimensión, cambiando de universo sin pestañear. Es como un cometa de los sueños, viviendo muchas vidas alternativas. Cuando vuelve, cuando se despierta, el Sonámbulo pierde su condición de dimensional y vuelve a ser Normand Némbulus, el cartero. Y no recuerda todo lo que ha hecho en esa, su vida secreta.
En realidad, sí lo recuerda.
Pero lo recuerda como un sueño. Como un cúmulo de sueños. No es consciente de que durante la noche él es dimensional y que todo lo que hace sonámbulo ocurre de verdad, es parte de su historia, no es algo que pertenezca solamente al reino de los sueños.
Es un poco triste.
Una vida, vidas en realidad, tan ricas, tan llenas de experiencias, y él no lo sabe, no conoce su faceta dimensional. Ni siquiera sabe de la existencia de esos seres, los dimensionales.
A Mike le costó dar con él, viajaba tan rápido de universo en universo, como un meteorito. Y, después de encontrarlo, lo perdió rápidamente.
No conocía su especial naturaleza.
Le despertó. Despertó al Sonámbulo. Y apareció Normand Némbulus desapareciendo el dimensional. Cuando el Agente Especial Blackness lo comprendió, esperó a que volviera a dormirse y cuando Normand se levantó sonámbulo lo hizo ya en otra dimensión. Por supuesto, Mike no estaba allí.

No sabemos si en esa misma dimensión y a esa misma hora pero seguro que en otro lugar, al parecer, en su apartamento, Santo Gabriel tiene una invitada. Es rubia y alta. Es joven. Y, por supuesto, es guapa. Es una hermosa muchacha que, ahora mismo, está feliz y contenta, disfrutando de la velada, riéndose con las increíbles historias que le cuenta su anfitrión. Se llama Megan. Están tomando champán francés. Van por la segunda botella y eso también cuenta. Y el caviar y las exquisitas fresas con nata que se ha zampado antes. Santo Gabriel sabe tratar a las mujeres, de eso no hay duda.
El apartamento es de lo más lujoso y elegante. Suelo de mármol Macael, tan blanco y tan pulido que refleja el valioso mobiliario que descansa sobre él. Paredes y techos artesonados. Muebles clásicos art déco y algunas piezas modernas lacadas en blanco o realizadas en metacrilato en una combinación virtuosa. Sofás de terciopelo, tan cómodos que podrías vivir en ellos. Piezas míticas inolvidables completan el mobiliario: Butaca Eames, tumbona Le Corbusier, mesa de centro Noguchi. Preciosas lámparas situadas estratégicamente dotan a la estancia de una iluminación magnífica, creando espacios propicios para la distensión y la confidencia. Finalmente, en las paredes, algún lienzo clásico mezclado con gracia con obra moderna. Ese salón podría ser el resultado de un fino trabajo de algún interiorista de categoría, o quizás el dueño del apartamento posee un gusto exquisito, un sentido perfecto del equilibrio y una gran sensibilidad para la belleza, en cualesquiera de sus formas.
La velada avanza según lo previsto. Santo Gabriel y su hermosa acompañante han ido a cenar a un restaurante excelente y ella ha aceptado tomarse la última copa en el apartamento de él. La copa se ha transmutado en Dom Pérignon, caviar, fresas. Es lo que tiene salir con tipos con clase, que hacen de una cita una experiencia inolvidable. En aquel salón tan espléndido, el placer de sentirse rodeada de cosas bellas y armoniosas, la conversación fantástica de él, esas fábulas, fantasías o, quién sabe, hechos verídicos que él cuenta, y el champán que la embriaga, todo ello ejerce un influjo irresistible sobre la joven.
El aspecto de Santo Gabriel también hace lo suyo. Impecable, con su traje a medida, su camisa italiana, su seguridad personal y las maneras del que lo tiene todo controlado. Santo Gabriel no posee ese rostro bello, a veces aniñado, del que se prendan las mujeres de toda condición, pero, sin duda, es atractivo. Tiene una personalidad arrolladora y unos ojos profundos e inteligentes. Es esbelto, vigoroso, y sus movimientos son elegantes y precisos. Irradia un magnetismo insuperable. El proceso de seducción casi ha terminado. El éxito es notable. Santo Gabriel besa a su partenaire en la boca. Es un beso que preludia y condensa lo que vendrá inmediatamente después. Megan responde activamente, y el ardiente beso se convierte en sí mismo en una versión mini del acto de hacer el amor. Ella, extasiada, siendo como es, una romántica incorregible, estiraría ese instante durante siglos, preferiría morir violentamente que separarse de su apasionado amante.
Llaman a la puerta.
Es en serio, llaman a la puerta. Megan y Santo Gabriel no se lo pueden creer. Tardan en salir del embrujo. Quizás pensaban que no existía nada más que ellos dos allí, excitados en grado sumo, fundidos en un abrazo eterno, unidos por el deseo y la esperanza cercana de la consumación del acto sexual, quizás cada uno a su manera y quizás con gustos dramáticamente diferentes, quién sabe, pero, en todo caso como si esta fuera la última vez en su vida que van a hacer el amor, en vez de tratarse de la primera. Pero al otro lado de la puerta sigue estando el mundo. Y llaman con insistencia. Parece que nunca van a parar de aporrear esa puerta, de tocar el timbre una y otra vez. Alguien sabe que están allí y no va a haber descanso hasta que esa puerta, finalmente, se abra de par en par.
Santo Gabriel no puede impedir un rictus de fastidio en su cara. Intenta sonreír a Megan pero no lo consigue. Ella sigue todavía en otro planeta, está un poco borracha y obnubilada por todo lo que ha acontecido hace unos escasos momentos y ahora se arregla la vestimenta como puede, con una sonrisa boba en la boca. Santo Gabriel se levanta, se dirige con presteza al lavabo, se limpia la cara de los rastros de pintalabios, y se peina con las manos, se mira un momento al espejo y se encamina a la endiablada puerta, que hace tanto escándalo que parece que tenga vida propia.
¿Quién coño es y qué manera es esa de llamar a la puerta de gente decente?, pregunta Santo Gabriel amablemente (es un eufemismo, claro), a través de la puerta, sin la menor intención de abrirla.
¿Es usted Santo Gabriel?
¿Quién pregunta por él, si puede saberse?
Soy el Comisario Jefe Christopher Warren, de la DDNY.
Ah, qué interesante. ¿Y cómo puedo saber que es usted realmente quien dice ser?
Buena pregunta. Sin entrar en disquisiciones filosóficas que inviten a la introspección y a preguntarse cada cual si somos realmente quienes creemos ser, podría usted hacer algo mucho más prosaico, y a la vez más sencillo, como mirar por la mirilla de la puerta y observar mi rutilante placa de policía.
Ya la estoy viendo. No hace mala pinta. ¿Y qué es lo que quiere, agente?
Comisario Jefe, si es usted tan amable.
Pues eso, Comisario, ¿qué quiere de mí? ¿Piensa detenerme? ¿Tienen algo en mi contra? ¿Alguna cosa que ignoro, que escapa a mi conocimiento?
¿Es usted Santo Gabriel?
A veces me llaman así.
Tan sólo deseo hacerle algunas preguntas.
Ah, si se trata de eso, no le importará pasar en otra ocasión. Tengo invitados y estoy muy ocupado en este momento.
Mire, podemos hacer esto por las buenas o por las malas. En el primer caso, usted me invita a entrar amablemente y charlamos un rato. En el segundo supuesto, hago subir a mis agentes inmediatamente, les ordeno que tiren la puerta abajo y le llevo detenido a la División Dimensional de Nueva York. En ambos casos usted acaba hablando conmigo. Usted decide el lugar y la forma.
Santo Gabriel no contesta pero abre la puerta. Haga el favor de pasar, está usted en su casa, Comisario, le dice, dándole la mano y conduciéndole al salón principal donde se encuentra Megan, un tanto desconcertada. Hace las presentaciones y el Comisario Jefe Warren se sienta en una butaca enfrente del sofá donde está sentada la chica y donde presumiblemente se sentará el anfitrión.
¿Le apetece una copa, whisky, ginebra tal vez? O, si está de servicio, como me temo, quizás prefiera, no sé, agua, ¿un café?
He observado que tiene descorchada una botella de buen champán francés. Esa clase de brebaje no interfiere para nada con mis quehaceres previstos para hoy. Si no considera que estoy abusando de su hospitalidad, aceptaría una copa.
Eso está hecho, dice Santo Gabriel, sacando la botella de un cubo de hielo cromado y preguntando con un gesto a Megan si ella quiere otra copa. Ante la negativa de la joven que está, como mínimo, incómoda con la situación, acaba sirviendo dos copas, una para él y otra para su invitado sorpresa. Bueno, Comisario, le dice, sentándose delante de él, al lado de Megan, usted dirá.
Le agradezco su amabilidad, dice el Comisario Jefe Warren, después de paladear el Dom Pérignom. Esto está delicioso. Le felicito, tiene usted un gusto exquisito, echando un vistazo a la estancia, luego a su copa y, finalmente, a Megan. Antes de explicarle a qué se debe mi visita, déjeme preguntarle cómo desea que le llame, porque lo de Santo Gabriel resulta un poco incómodo y suena demasiado rimbombante.
Gabriel está bien.
Eso está mejor. Pues, Gabriel, sucede que estoy al mando de una unidad de policía dimensional, la DDNY, y mis agentes me han informado de que usted es, por supuesto, dimensional, pero, además un dimensional un tanto especial.
¿Y si le dijera que yo no soy dimensional, Comisario?
Teniendo en cuenta que en la División llevamos tiempo investigándolo y su dimensionalidad está totalmente comprobada por mis agentes y fuera de toda duda, que usted negara esa evidencia me preocuparía sobremanera y, al mismo tiempo, podría inducirme a desconfiar de usted. Imagínese, podría llegar a plantearme la posibilidad de que usted fuera un delincuente dimensional, Dios no lo quiera, y, teniendo en cuenta que yo me dedico a perseguir a criminales de esa índole, esto podría acabar muy mal para usted.
¿Podría decirme, por favor, de qué está hablando, agente?, interrumpió Megan, a la que ya se le había pasado bastante el efecto del champán y estaba cada vez más nerviosa.
Comisario Jefe Christopher Warren de la DDNY. Pero puede llamarme, simplemente, Comisario.
Megan: Qué quiere decir con eso de que Gabriel es un… dimensional? ¿Es algo… malo? Me está asustando, Comisario.
No se alarme, señorita, no es nada siniestro. Resulta que, mezclados entre la gente normal, hay unos pocos individuos que, como aquí su amigo Gabriel y yo mismo, tenemos la capacidad o la desgracia, según se mire, de despertarnos cada mañana en un universo diferente. A diferencia del resto de seres humanos que viven en una sola dimensión, nosotros vivimos en un Multiverso.
Perdone, ¿no se estará usted burlando de mí? Porque no le veo, maldita, la gracia, dijo Megan, recelosa y enfadada, mirando alternativamente al Comisario y a Santo Gabriel, que ponía una cara de culpable de libro.
En absoluto, querida. Existen, existimos. Ya lo creo que sí. Y muchos de esos dimensionales son criminales y otros, como yo, los perseguimos. Mi visita inesperada de esta noche, importunándoles a ustedes, cosa que lamento muchísimo, forma parte de mi trabajo. Tengo que hacerle unas preguntas aquí, a su amigo dimensional, para asegurarme de que él no es uno de esos criminales.
Oye, Gabriel, si esto es una broma, ya basta. Porque me voy a casa ahora mismo, dijo Megan, mirando a Santo Gabriel, ya muy alterada y asustada.
Comisario, no entiendo a qué viene hablar de su trabajo de policía, de dimensionales, de criminales, delante de mi invitada. Ella no sabe de qué va todo esto. Y, como puede observar, está muy impresionada. La está asustando. ¿Qué le parece si Megan se va a su casa como ella misma ha sugerido y usted y yo continuamos charlando tranquilamente?, dijo Santo Gabriel, levantándose.
Siéntese, Gabriel, dijo, elevando la voz, el Comisario Jefe Warren. De aquí no se mueve nadie hasta que yo lo diga. Tranquilícese, señorita. No le va a pasar nada. Tengo a mis agentes ahí fuera, esperando. Si alguno de ustedes intenta abandonar este apartamento sin mi consentimiento irá directo a la Comisaría y pasará como mínimo una noche entre rejas. ¿Lo han comprendido?
Sí, dijo Megan, con el rostro crispado, mordiéndose la comisura de los labios, totalmente amedrentada.
De verdad, Comisario, todo esto es innecesario, dijo Santo Gabriel, intentando persuadirle con su mejor cara.
Yo decido lo que es innecesario y lo que no lo es. ¿Va a dejarme continuar, amigo Gabriel, o desea que acabemos esta conversación en una sala de interrogatorios? Le aseguro que a mí me es absolutamente indiferente pero resultará, sin duda, mucho más incómoda para ustedes.
Continúe, Comisario, no se sulfure, dijo Santo Gabriel, intentando apaciguar los ánimos.
Se lo agradezco. ¿Sería usted tan amable de servirme un poco más de champán?, tengo la boca seca. Normalmente no tengo que hablar tanto. Yo, más bien, soy de actuar, dijo el Comisario mientras Gabriel, ejerciendo de buen anfitrión, le llenaba la copa. Bebió un buen trago y le dio las gracias. Como iba diciendo antes, sabemos que es usted dimensional, Gabriel. Y nos consta que es un dimensional especial. Se le atribuyen una serie de actuaciones muy confusas. Actos heroicos, intermediaciones en conflictos entre partes enfrentadas y de difícil solución, etc. En los bajos fondos dimensionales se le conoce a usted por Santo Gabriel. ¿Hay algo de verdad en todo eso? O se trata, tan sólo, de leyendas urbanas.

No creo en Dios.
Creo en un whisky doble con hielo.
No creo en el amor. Ya no. Prefiero un buen revolcón.
No creo en la bondad de la gente.
No me interesan las putas. Nunca os he necesitado. Las tías siempre me han ido detrás, no sé que me ven. Debe ser esta pinta de mal tipo que arrastro. Dicen que a las mujeres les gustan los chicos malos.
Quizás sea eso.
Por otra parte, para estar con una mujer, yo necesito que me desee, no me basta con desearla. No hace falta que me quiera, no soy tan iluminado, pero tiene que estar excitada, yo que sé, volverse loca a veces. Y las prostitutas solo desean tu dinero.
Nunca he podido ir con ellas. Esas pobres mujeres, las del oficio, en realidad, me inspiran lástima. Se puede perder casi todo en esta vida, el trabajo, el dinero, no sé, algún ser querido. Quién puede decir que no se haya dejado algo importante, acaso imprescindible, por el camino, y hay que seguir tirando, qué remedio. Pero la dignidad no la puedes perder. De ninguna manera. Jamás. Si pierdes la dignidad, ¿qué te queda? En mi caso, eso equivaldría a perder la vida.
Claro que mi vida no vale mucho.
Pero tengo dignidad.
En cuanto a lo esencial, yo creo que la esperanza tampoco la deberías perder. Eso dicen, ¿no? Debería ser lo último. Si lo piensas bien, lo penúltimo.
A mi no me queda ya mucho de eso.
No tengo esperanza de que mi vida mejore.
No creo que vaya a mejorar la de nadie, a decir verdad.
Bebo demasiado.
Demasiado a menudo.
Casi siempre whisky. Pero no le hago ascos al vodka.

Con tan sólo esas seis reglas, aquel paraíso del caos y de la libertad personal llevaba en funcionamiento desde que se acabó la Singularidad. Los moradores de aquella utópica microsociedad que parecía inventada por alguna mente trastornada, ejercían su derecho a vivir su vida sin límites morales o éticos, huyendo de las convenciones sociales establecidas por la civilización actual. Los Moradores del Valhalla Dimensional seguían los dictados de su propia conciencia (en el caso de que tuvieran conciencia) y vivían en aquella prodigiosa y sucia burbuja, unos pocos en busca de su yo más auténtico, buceando en su psique, ajenos al ruido y a la furia de los elementos que se arremolinaban allá fuera, dentro de los límites de aquel lugar inverosímil, otros muchos enfrascados en la búsqueda insaciable de placer, algunos más entregados a una perversión irrefrenable y a la violencia apenas controlada por el Ojo por Ojo que se aplicaba a rajatabla, vigilados por el Ojo Que Todo Lo Ve.
Diez años desde su formación y la población del Valhalla Dimensional no había hecho más que crecer. Aquella microsociedad de exdimensionales sin líderes, sin gobierno, sin partidos políticos, sin policía, sin prisiones, sin niños, sin escuelas, sin límites de ningún tipo, funcionaba increíblemente bien. Aquella distopía fundada recién estrenado el segundo milenio por unos cuantos dimensionales insensatos, a día de hoy muertos ya debido a la aplicación sistemática de sus propias reglas de asesinato legal y ojo por ojo vengativo, convertía en anacrónico cualquier acercamiento hippy sesentero a una sociedad libre e igualitaria y era un imán para todos aquellos dimensionales amantes de lo diferente, de lo absurdo, de lo raro o los que buscaban el placer embadurnado de dolor o la felicidad al borde del abismo.
Los Moradores del Valhalla Dimensional habían huido del mundo, del Multiverso de la Desigualdad Recalcitrante como le llamaban ellos, de razas y clases, de megaricos y ultrapobres, de capitalismo exacerbado y absurdo crecimiento perpetuo, de países ricos que cuentan y países miserables prescindibles, en fin, de la estúpida y decadente democracia de las megacorporaciones, y habían acabado en aquella microsociedad violenta, brutal, histriónica, pero chispeante de libertad, iguales los unos a los otros. Pero iguales de verdad, no como cuando el utópico marxismo devino comunismo para demostrar que algunos cerdos son más iguales que otros (George Orwell dixit).
Se trataba, sin duda, de una auténtica anomalía, digna de estudio. En el Valhalla Dimensional, situado a doscientos metros de profundidad, no había luz natural ni lluvia, no existían las estaciones, ni hacía frío ni calor, pero dimensionales que no se habían adaptado a la vida en sociedad en el Multiverso que les había tocado vivir, habían decidido hacer de aquel insólito lugar su hogar. Si bien es cierto que en ninguna parte del Multiverso la libertad de cada cual se ejercía hasta sus últimas consecuencias como allí, no era menos cierto que tampoco existía otro lugar donde la vida de una persona tuviera al mismo tiempo un mayor y un menor valor. En este sentido, el Valhalla dimensional era el heredero directo del viejo oeste americano. Pero sin sheriffs ni marshals. A pesar de todo, el Ojo por Ojo funcionaba a la perfección. La ventaja era que allí, al contrario de lo que ocurría fuera, en el mundo que todos conocemos, la vida de cada morador valía lo mismo que la de cualquier otro y que todos, absolutamente todos, eran iguales ante la muerte, sobre todo ante la muerte violenta. El más adinerado tenía las mismas posibilidades de ser asesinado que el vagabundo más arrastrado y sus asesinos, las mismas posibilidades de morir por el Ojo por Ojo.

El individuo en cuestión entra en una cafetería. Mira a derecha e izquierda con atención y se dirige a la barra. Es rubio y tiene el pelo lacio y largo, lo lleva recogido en una coleta. Sus ojos son claros, diría que azules y su piel es blanca, lechosa. Lleva una camisa hawaiana y unos tejanos desgastados, deshilachados en los bajos. Va en chanclas. Pide una cerveza y se sienta en un taburete sin respaldo, tapizado con un skay negro setentero. Es uno de esos que tienen soportes para los pies y dan vueltas. Se gira en su asiento y se queda dando la espalda al camarero, los codos apoyados en la barra.
No está en el mismo universo que Mike, eso lo sabemos. Pero, en realidad, tampoco importa; no se va a quedar demasiado. Va dando saltos. De universo en universo. Algo anda buscando.
Echa otro vistazo a la clientela del local y hace un gesto de fastidio. Da un cuarto de vuelta a su taburete, coge la cerveza, le da un último trago, la vuelve a posar en la barra, da otro cuarto de vuelta a su asiento y se levanta. No hace ademán de pagar la consumición, no mira siquiera al camarero, que le observa, en silencio, con gesto extrañado, cómo enfila cansinamente hacia la salida del local. Abre la puerta, cierra imperceptiblemente los ojos y deja atrás la cafetería, ese universo.
Vuelve a entrar.
El local es diferente. Él es diferente. Pelo negro, ojos oscuros, moreno de piel, tiene la superficie de la cara irregular como si hubiese sufrido acné de joven y poca paciencia.
Está gordo. No parece el mismo tipo. Definitivamente, el local tampoco es el mismo. Ahora se trata de un bar roñoso, anticuado. No es que sea antiguo, es viejo. Huele a alcohol, a cerrado, a falta de ventilación, y está oscuro, las ventanas que dan a la calle están cerradas, las persianas bajadas casi del todo; parece sucio. El color original del vetusto mobiliario es indistinguible, la tapicería está roída, los marcos de los cuadros colgados de la pared se muestran llenos de polvo, las imágenes están desvaídas, sin contraste alguno. No es un sitio agradable, desde luego. Apenas hay cuatro o cinco clientes desperdigados entre la barra y las mesas. Son gente ya de una cierta edad, con aspecto de enfermos, seguramente alcohólicos. Beben solos, apuran sus cervezas, sus copas de licor, con mirada perdida, alienados. Este antro parece la antesala de la muerte. El hombre apenas da un paso hacia el interior del local, observa el panorama durante unos pocos segundos, hace una mueca y lanza un escupitajo al mugriento suelo, algo que no desentona en absoluto con la atmósfera del local. Vuelve a salir y vuelve a entrar.
Lo que está claro es que el tipo tiene alguna clase de fijación con ese lugar.
Quizás lleve entrando y saliendo del local todo el día. Como un psicópata. O como un depredador acechando a su presa.
Todo es distinto ahora. Donde antes había oscuridad y olor rancio ahora hay luz y Chanel No 5. De repente, aquel bar repelente se ha convertido en un restaurante de moda.
El local está exquisitamente decorado, pero en ningún caso se podría decir que resulte recargado, es realmente elegante; el responsable de su diseño tiene muy buen gusto, sin duda. El restaurante es verdaderamente confortable, a pesar de que tiene capacidad para albergar a muchos comensales, no hay sensación alguna de agobio. El estudio del espacio que se ha realizado es virtuoso y está optimizado al máximo. La elección de un mobiliario
moderno y de calidad, unas separaciones perfectas entre las mesas, los diferentes espacios creados, los techos altos, la combinación de colores y de tejidos, el toque naturista con plantas auténticas y flores, algunas de ellas de una indudable belleza y espectacularidad, todo ello confiere al restaurante una personalidad propia. Y qué decir del personal: son amables, solícitos, y además bien parecidos, de aspecto aseado y pulcro, vestidos elegantemente con un traje de un precioso tono morado de corte oriental. Las funciones de maître recaen en la elegante mánager del restaurante, una encantadora mujer que dejó atrás hace ya algunos años su plenitud, pero bellísima todavía y que hipnotiza a sus clientes de tal manera, que aunque reciban la mala noticia de que deben esperar todavía media hora para ser sentados a una mesa, reaccionan como si les acabara de tocar la lotería. Nada más entrar al restaurante, a la izquierda, se encuentra una enorme barra de forma elíptica con capacidad para unas treinta personas y dentro de ella hay un montón de camareros que trabajan con gran profesionalidad para dar servicio a los clientes. Un poco más adelante hay una pequeña tribuna con una agenda llena de nombres, número de comensales y horas reservadas y detrás del mueble se encuentra la mánager del restaurante, que acompaña a los clientes a sus mesas o sienta en la barra a los que se
presentan antes o después de su hora o sin reserva previa o a los que simplemente quieren picar algo o tomar una cerveza en un ambiente inmejorable, en ese local abarrotado de gente guapa y estilosa.
Y nuestro camaleónico viajero sonríe ampliamente en cuanto da un primer vistazo al establecimiento. Luce espléndido con su nuevo aspecto. Pelo rubio oscuro abundante, bien cortado, ojos verdes, la piel de su rostro hidratada, de aspecto luminoso, parece que acaba de salir de un centro de estética. Es alto, ancho de espaldas, se adivina musculoso dentro de su traje bien cortado, a la moda. La elegante prenda es de un color azul cobalto y le sienta como un guante. Podría seducir con facilidad a cualquier jovencita de las que proliferan en el restaurante. De eso se trata.
No tengo reserva, lo lamento, ¿mesa para dos?, espero que sí, ¿nombre? Lee, John Lee, quizá pueda conseguirle una mesa, pero no será antes de media hora o tres cuartos, ¿le supone algún problema?, en absoluto, puede tomar un aperitivo en la barra mientras tanto, le dijo la maître, acompañándole hasta un taburete milagrosamente vacío situado
justo en medio de dos jovencitas que disfrutaban de la velada, cada una con su propio grupo de amigos. ¿Puedo confiar en que me cuidarán a este caballero hasta que le consiga una mesa?, preguntó con picardía la mánager del restaurante mirando alternativamente a las dos chicas, creo que es nuevo aquí, a juzgar por su acento. Eso está hecho, contestó audazmente una de ellas sonriendo a la maître, aquí somos gente educada y siempre tratamos con amabilidad a los recién llegados, sea cual sea su edad y condición, continuó mientras echaba una rápida ojeada al elegante joven, ¿no es así?, preguntó finalmente con mirada cómplice a su improvisada compañera o adversaria. Por supuesto, haremos cuanto esté en nuestras manos para que se sienta a gusto, dijo la segunda, asumiendo en seguida su papel de buena samaritana.

Pero la decisión ya está tomada. Nuestro individuo, protagonista de la velada, de nombre John Lee en este universo, ya lo tiene decidido desde el principio. Todo este coqueteo sobra. Es un mero tontear para rellenar el tiempo, para disfrutar del local, para saborear la bebida y también, por qué no, para conocer mejor a la elegida, a la única que importa y detectar qué resortes hay que pulsar para que ella no se escape, para que caiga en sus redes, y acabar el día como él desea: una deliciosa velada en el apartamento de ella o en su hotel. Ese es el único objetivo de nuestro hombre y el desenlace óptimo después de tanta búsqueda infructuosa, de tanto paseo dimensional, de tanto marear la perdiz, una y otra vez en el mismo sitio, diferentes establecimientos, diametralmente opuestos unos de otros, pero siempre, siempre las mismas coordenadas.
Myrna es alta y posee unas medidas de escándalo, un cuerpo absolutamente perfecto. Sus preciosos ojos marrones de mirada profunda gobiernan su rostro, no tan armonioso como su cuerpo pero con la impagable cualidad de que cuanto más lo miras más bello te parece; nunca te aburrirás de mirar esa cara. Myrna es una mujer preciosa, una auténtica campeona, pero es morena. La elegida es Samantha. Quizás no es tan perfecta, ni tan alta, ni tan elegante como Myrna pero lo compensa con una simpatía natural y unas curvas de infarto. Tiene lo que se dice un buen trasero y unos pechos generosos, que el escotado y ceñido vestido que ha elegido para la velada apenas trata de disimular. Qué más se puede pedir. Su cara es fina, ligeramente aniñada y sus chispeantes ojos azules están siempre dispuestos a reír. Y claro, Samantha es rubia.
Resulta que nuestro hombre tiene fijación por las rubias. Es bueno saberlo.
Cuando llega el momento de la verdad, es decir, cuando la mánager del restaurante le informa de que finalmente ya tiene la mesa preparada, John se las arregla para quedar bien con Myrna, sin comprometerse a nada, e invita a Samantha a comer con él, allí mismo, en ese preciso instante, para qué esperar a citarse otro día. Ellos están ahí y ahora, han conectado. Samantha está tan contenta por ser la elegida, se siente tan embriagada por la sensación de triunfo, que no lo duda un momento, no le importa dejar tirados a sus amigos, no se para a pensar que tal vez sea un poco precipitado, que, en realidad, no conoce a ese hombre de nada, que quizás se está dando poco valor a sí misma aceptando esa cita improvisada.
Pero ya está hecho.
Ahora están a solas, disfrutando de una cena romántica. La comida es excelente, el vino inmejorable, el ambiente magnífico. Se lo están pasando de maravilla. Para Samantha, a sus tiernos veintipocos años aquello es una auténtica aventura, está excitada, siente que ellos son el centro de todas las miradas en aquel restaurante. Aquella cita improvisada parece estar en boca de todos. Su imaginación se eleva hacia el techo del local y desde esa altura se observa a sí misma y a su atractivo acompañante como a través de una mirilla. O mejor, como si aparecieran en una pantalla de cine: los felices protagonistas de una película de Hollywood. No hay que hacer un gran esfuerzo para imaginar que el género cinematográfico que Samantha ha elegido para su ensoñación ha de ser por fuerza el de la comedia romántica; el thriller, francamente, tenía pocas posibilidades; una película de terror, ni se plantea, se descarta automáticamente.
¿Y allí, en Inglaterra, tienes a alguien que te espere?, pregunta Samantha a John en un momento dado, justo antes de pasar a los postres. Las burbujas del champán del aperitivo y el vino consumido durante los dos primeros platos ya han hecho efecto en su organismo y la han vuelto, si cabe, más osada. Quiero decir, se explica, que estamos tú y yo aquí, monísimos, intimando de lo lindo en el transcurso de esta maravillosa cena y, a lo mejor, tienes en Londres una novia, prometida o algo peor. Por favor, no me hagas reír, piensa John, ¡novia! qué poco apropiado para alguien como yo. Sería una novia tan efímera que no merecería tal apelativo. Pero contesta algo más trivial, menos embarazoso: he tenido algunas relaciones, pero ahora mismo no hay nadie importante en mi vida, como se suele decir estoy soltero y sin compromiso. ¿Y, qué me dices de ti? Libre como un pájaro, contesta Samantha, feliz con la respuesta de él, sonriendo con todo su cuerpo, etérea, brillante.
Cuando Samantha y John salieron del restaurante se dirigieron a un local de moda y se tomaron allí un par de copas entre cálidos besos, música agradable y dosis adecuada de luz y oscuridad, rodeados de otros jóvenes como ellos, sumergidos también en procesos similares de enamoramiento o sometidos a la tiranía de la noche que les impelía a buscarlos inexorablemente. Cuando se cansaron del bullicio y sintieron que necesitaban más intimidad se dirigieron al apartamento de ella.
La puerta se cierra tras ellos y es en ese instante que la noche se parte en dos. Sí, es cierto que Samantha y John han llegado a ese momento en un estado de gran excitación, compartido por ambos, después de una noche mágica en la que se han encontrado, en la que se han conocido y han conectado, no del todo por puro azar ya que John acechaba, buscaba incansablemente. Pero, a partir de ahora, la secuencia de los hechos se bifurca salvajemente entre lo esperado, lo deseado por Samantha, y lo codiciado y planificado hasta el más mínimo detalle por John.
En cuanto se encuentran a solas en el apartamento se produce, en primera instancia, un cambio apenas perceptible en la actitud de John. Samantha lo nota, a pesar de la dosis considerable de alcohol que satura su organismo y adormece sus sentidos y a pesar de su propia agitación ante la proximidad de la consumación del acto sexual, como colofón a una noche perfecta. Quizás tenga algo que ver con su mirada, Myrna la juzgó inquietante hace apenas unas horas, pero ahora quizás se aprecia algo más, un brillo maligno en esos preciosos ojos verdes. O tal vez sea porque John empieza a abandonar esa actitud cariñosa que le ha acompañado durante toda la velada y se muestra más autoritario en la soledad del apartamento. En cualquier caso, es suficiente para que Samantha sienta como un escalofrío recorre su columna vertebral.
Pero esta reacción natural de su cuerpo, que es como un aviso premonitorio no será suficiente para salvar a esa preciosa chiquilla. No nos engañemos, todos sabemos que John es tan sólo una faceta dimensional del Sujeto 237, ese salvaje asesino en serie que ha sembrado el pánico a través del Multiverso, destrozando la vida de jóvenes indefensas.
John percibe en Samantha ese pequeño titubeo, observa con atención esa recién aparecida desconfianza en los ojos de ella y en su cerebro de depredador se produce un click que le avisa para poner el marcha la maquinaria del último acto de la noche. Un desenlace del que no podrán disfrutar los dos, ya que el éxtasis de él significa invariablemente la muerte para ella.
Esa es la terrible verdad.
La excitación sexual que era tan evidente en ella hace apenas unos instantes desaparece por completo, como si nunca hubiese existido, mientras que en él se dispara de cero a mil.
De repente, todo se precipita.
Él la coge del cuello y al mismo tiempo que se yergue desde el sofá en el que permanecían sentados, la levanta con una fuerza descomunal y le mira directamente a los ojos, a menos de un palmo de distancia. Ella pierde el conocimiento.
No se ha desmayado por la presión en la garganta, es el terror que le ha invadido de golpe. Han sido los ojos de él que como espejos le han mostrado lo que va a ser de ella.
Ha visto su propia muerte reflejada en esos ojos.
Y quizás ha comprendido, todo ello en un segundo, con la asfixiante presión de la manaza de él oprimiendo su delicado cuello, que ese ser ha estado ahí siempre, detrás de esos ojos. En ningún momento se ha ido. John no se ha transformado de golpe en un psicópata, no se trata de un moderno Doctor Jeckill y Mr. Hide. En la misma persona conviven los dos, el encantador muchacho que la ha seducido y el animal de apetito desmedido que necesita matarla para llegar al éxtasis sexual.
John no suelta a su presa. En un estado de máxima exaltación, arrastra a Samantha por el cuello hasta la mesa del comedor, que se encuentra apenas a dos metros del sillón, la tiende boca arriba, extrae un cuchillo de una funda que llevaba oculta en su espalda y se lo hinca con fuerza en el cuello. El puñal secciona la arteria carótida, atraviesa el cuello y se queda clavado en el tablero de madera, dejando de esa manera el cuerpo de ella fijado a la mesa. El monstruo observa con delectación como la pobre muchacha se desangra rápidamente.
En cuanto ella exhala su último aliento, John, como un animal en celo, se desabrocha el pantalón que estaba a punto de reventar y, babeando, le sube el vestido empapado de sangre, le baja las bragas hasta las rodillas, le abre las piernas y la penetra con violencia, saciando así sus depravados instintos necrófilos.
Cuando su fiebre lujuriosa explota, finalmente, John profiere un grito grave, que resuena amplificado en esa sala sin almas, y se desploma encima del cadáver de Samantha. Permanece un tiempo indefinido allí, empapándose con la sangre de ella, descansando, retozando, relajándose o lo que quiera que haga después de cometer una atrocidad tal que hace desear el fin de una civilización que permite la existencia de ese ser abominable.
Al cabo de un rato, como en trance, John se separa de su víctima, se baja de la mesa y se sube maquinalmente los pantalones. No se limpia la sangre, ni recupera su cuchillo, ni se arregla la ropa. Se dirige a la ventana, cierra ligeramente los ojos y salta.
Samantha no se había despertado. Su rápido desmayo, en cuanto cayó el telón de las caricias y se impuso la realidad de la garra de hierro en el cuello y la mirada enfermiza, le ha librado de mayores padecimientos. Ha sido asesinada cuando aún dormía y eso le ha evitado un sufrimiento atroz. Su alma ya no estaba allí cuando aquella aberración de la naturaleza ha tomado su cuerpo.
Se ha producido un cambio importante en el modus operandi del Sujeto 237.
Es un cambio de gran transcendencia.
Ya no se limita a buscar a sus víctimas entre prostitutas y chicas de compañía. El hecho de que ya no se circunscriba al círculo cerrado de las profesionales del sexo tiene varias consecuencias, todas ellas nefastas. En primer lugar, ahora el número de posibles víctimas se ha multiplicado exponencialmente. Además, estas mujeres están, si cabe, todavía más indefensas, al menos, las profesionales tienen alguna oportunidad de salvarse, saben a lo que se enfrentan, pueden estar prevenidas, algunas incluso disponen de un arma o cuentan con alguien, un proxeneta o un amigo o colaborador que está pendiente y que puede evitar, en última instancia, el crimen. En tercer lugar, este nuevo escenario complica sobremanera el trabajo de los policías para capturarle.
El Sujeto 237 se ha vuelto más impredecible.
Hoy ha abierto una nueva puerta, una puerta terrorífica, y ninguna mujer en el Multiverso está ya a salvo de ese depredador dimensional.
El psicópata ha mutado y seguirá haciéndolo, seguirá evolucionando y matando mientras algo no lo pare, hasta que el cielo y la tierra se conjuren para destruirlo o que alguien con la determinación, la fuerza y la audacia necesarias lo erradique de la faz de la Tierra.

Una triste biografía. La de Peter. Un conjunto de hechos, circunstancias, aprendizajes y decisiones que marcan una vida. Una vida que empieza mal, con la muerte de su madre, el único ser que podía haberlo cambiado todo, que le dio la vida y que al morir al darle a luz, casi se la quita, y que terminará inexorablemente con su propia muerte, quién sabe sin haber conocido nunca la felicidad.
De repente, un cambio.
Hace mucho, mucho tiempo que ha tirado la toalla. Ahora Peter vive su vida encerrado entre las cuatro paredes de su cerebro, sin salir apenas, sin sonreír, sin disfrutar de la compañía de otros seres humanos. Tiene cuarenta y dos años y, de improviso, entra alguien en su vida. Es algo no buscado, por supuesto. Peter hace mucho que enarboló la bandera blanca, se encerró en sí mismo, herméticamente, y tiró la llave. Y ahora aparece Alma, que es la hija de alguien, que es la hermana de alguien. Y ella le ve. Y él la ve a ella, lo cual es un milagro, porque hace demasiado tiempo que no siente a las personas. Y quizás fue el puro azar o el destino que la lanzó hacia él, imparable como una catapulta; resulta imposible saberlo. Pero no importa.
Él la acoge con los brazos abiertos.
Con ese corazón que parecía defectuoso, obsoleto, pero que cada día se va ensanchando más y más para que quepa todo ese amor que van fabricando ellos dos sobre la marcha, con una especie de alquimia antigua, tan intensa como sorprendente. Porque ella viene también de un largo viaje por el infierno. De padre y hermano abusadores, maltratadores. Abandonada por su madre, que comete el pecado mortal de huir dejándola todavía bebé en esas sucias manos. Anulada por completo, con una autoestima alarmantemente baja, reducida a la mínima expresión por sangre de su sangre. Carne de cañón de psiquiatras armados con tubos de pastillas; proyecto de suicidio a muy corto plazo en el lapso de tiempo que va desde el sillón de un psicoanalista pirado hasta el ingreso forzado en un sanatorio para enfermos mentales.
Pero, en un giro imprevisto de los acontecimientos, se encuentran y se escapan. Juntos. Extraña pareja. Era improbable, pero ellos se entienden, se completan el uno al otro.
Los corazones dañados son los más hermosos.
Y viven toda su vida, la vida auténtica, la que de verdad cuenta, en unos pocos meses. Por primera vez en su vida son felices. Ya merece la pena haber nacido. El sufrimiento y la desesperación encuentran un enemigo poderoso en ese amor surgido de la nada, como por arte de magia.
Hasta que les encuentran. El hermano de, el padre de… Alma.
No se sabe el porqué, pero existen seres marcados que, al parecer, no tienen derecho a vivir su vida en paz y armonía. Seres a los que se le niega sistemáticamente su trocito de cielo, un lugar en el paraíso. Buena gente perseguida por las circunstancias, por la mala suerte, por la voracidad de este mundo enfermo, por la insensatez que gobierna la vida de las personas o por la existencia de alimañas de largos colmillos, que toman forma de seres humanos pero que poseen una incorregible deformación congénita: carecen de corazón.
Seres como el padre y el hermano de Alma que les perseguían y que, finalmente, dan con ellos. Y esta persecución no es debida a que quieran recuperar a su hija, a su hermana, para seguir torturándola, para continuar utilizándola como esparrin de sus más bajos instintos animales, de sus evidentes carencias humanas y exprimirla hasta la última gota, hasta que ya no quede nada, tan sólo un pellejo vacío, un muerto en vida, un alma en pena. No. En realidad le buscan a él, a Peter. Por ese algo que él, y solamente él, posee. Y en este sentido, ella es prescindible, tanto que la matan sin piedad.
Sí, Alma muere.
Y Peter queda destrozado. Jamás se recuperará de semejante infortunio. Ni siquiera lo intentará, sería faltar al respeto a la memoria de ese amor que valía más que su vida, más que el mundo. Sí, es cierto, le han arrancado el corazón de cuajo, le han arrebatado lo que más quería en este Multiverso tan cruel, tan injusto, pero no le podrán quitar la memoria, el recuerdo de ella. El tiempo que pasaron juntos quedará para siempre grabado en su cerebro. Esa vida compartida con Alma, efímera en el tiempo, pero virtuosa, permanecerá en él para siempre, porque Peter tiene la firme intención de seguir con vida lo máximo posible. Y luchará contra viento y marea para que esos excelsos momentos no se pierdan como lágrimas en la lluvia.
Lo dijo Robert Frost, el poeta, y tenía razón, la felicidad compensa en altura lo que en extensión le falta.
Y por mucho que lo sienta por Peter, por mucho que me duela, la muerte de Alma es algo irreversible.
No puedo reescribir la historia.
En la refriega muere también el hermano, individuo tan despreciable y tan insignificante en esta narración que no se merece que pierda el tiempo dándole un nombre. No obstante, es rigurosamente necesario hacer mención de ello porque el padre, ante la rabia que le produce la muerte de su hijo (no se puede hablar de dolor en alguien que no tiene corazón, ¿verdad?), cambia de prioridades, se olvida de golpe de los poderes de Peter que tanto deseaba poseer y se lanza a una persecución por toda la galaxia con la consigna: se busca a Peter muerto o muerto.
Y así estamos.
Lleva casi veinte años escapando. Lleva casi veinte años recordando a Alma. Tiene sesenta años cuando Mike y Hanna lo encuentran en el Valhalla Dimensional.